Eres muy
pobre, me dijo mientras echaba un vistazo a mi departamento blanco,
sonrió y me abrazó acaloradamente, nos besamos. Lo replegué al mural del
corazón con raíces y ramas en la pared, sentí su sexo erguirse en mi
pubis hambriento. Vamos a tu cama, no, le dije, un rato más aquí. Sus
manos exploraron debajo de mi falda. Nos sumergimos en el muro mientras
las raíces devoraban su soberbia, las ramas mi orgullo y el corazón la
sin razón del fugaz encuentro.