Y llego hasta aquí midiendo tus pasos, recordando el origen de mi anhelo, recordando tu sonrisa. Saboreando fantasías inexistentes, extrañando el perfume hormonal de tu piel.
Niño-hombre que te huelo, niño-hombre que te miro, hombre viejo del recuerdo, hombre que te quiero en mis entrañas. Y es que no quiero la semilla que da el hombre, quiero al hombre con su semilla, fertilidad que se agota tras el descanso de los años.
Te pierdo y te encuentro vivo equilibrando tus miedos y canciones, vestigios de sombras escondidas entre mis dientes, melancolia invernal que solloza en cada poro de mi cuerpo ausente de tu cuerpo.
Que soy mago de mi destino, que soy mago de mi vida, que la magia brota de mis labios, que mis ojos ya no pueden mirar, que tus ojos ya no quieren mirarme. Mago que no trasgrede tus cadenas y tus alas.
Trampas marcadas por pactos del deseo, del anhelo soñado, sueño que te sueño niño, sueño que te sueño mío.
Cómo alcanzarte si das maromas por el aire, cómo mirarte si enfocas a lo lejos. Cómo abrazar tu amplio discurso. Cómo alunizarte en la tierra, astronauta vagabundo, solitario del deseo.
Que te has trazado ya un camino, que rígidos están tus sueños, que blandos estan los músculos moldeados al calor de tus pasiones.
Siento que mis ojos revientan de tanto contener lágrimas, quiero transformar la amargura de no tenerte, quiero consolar la nostalgia por perderte, quiero creer tus mentiras, las mías, y sostenerlas en el vientre.
¿Se cierra este ciclo, o inicia uno nuevo?
Que digo que te amo, que digo que te extraño, que ya no puedo tanto y al grito que yo expiro se consume la flamita sosegada.
Anacoreta de la Luna.